Imagenes: vida en una cárcel de Paraguay

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En la cárcel más hacinada de Paraguay queda poco lugar para la Navidad
En los densos pasillos y patios de la cárcel de Tacumbú en Asunción, que alberga a tres veces más presos de los 1.500 que debería, solo unos pocos olvidan la falta de higiene, camas o celdas dignas y celebran con un asado las calurosas fiestas navideñas.
Media tarde, más de cuarenta grados de temperatura a pleno sol. Cuatro internos en uno de los concurridos patios del penal de Tacumbú en la capital de Paraguay estiran con todas sus fuerzas de las patas a un enorme cerdo a punto para asar.
Es Nochebuena, pero no lo parece. Las mugrientas paredes del presidio no albergan adorno navideño alguno, solo la fila extraordinariamente grande de familias despidiéndose del horario de visita indica que no es un día cualquiera.
Muchas mujeres con sus hijos, con regalos o ropa se han quedado fuera, sin ver a los suyos. Se quejan a voz en grito desde la puerta principal porque el horario es demasiado ajustado.
De nuevo en el patio, una treintena de presos juega al billar mientras observa a los expeditos asadores. Un guardia penitenciario se acerca al grupo, que ya despliega las patas del animal, y les hace un comentario socarrón en idioma guaraní.
Todos se ríen y uno de los cocineros, cuchillo en mano, dice en español: “Es un día más, pero algo hay que hacer”.
“Acá celebra el que puede. Cada uno celebra en la medida de sus posibilidades, pero somos todos hermanos”, afirma blandiendo una pequeña biblia de tapas verdes Salvador Oporto, de 51 años, que espera poder probar el pollo al horno que la ONG Cenando con Jesús repartirá más tarde.
“Es un día normal”, dice Nelson Sosa, apoyado en la barra de una improvisada cantina, de las muchas que pueblan el interior del presidio, un negocio que a algunos pocos presos les permite una calidad de vida mejor que al resto.
El pastor Pekos Sandoval lleva una década trayendo comida a Tacumbú en Nochebuena para los más desfavorecidos del centro, los llamados “pasilleros”, los que duermen y habitan en los corredores y patios, donde a falta de techo se abrigan día y noche con dosis de crack a unos 3.500 guaraníes, algo menos que un dólar.
Sandoval, con voluntarios de dentro y fuera del presidio, acompañado de la ONG Stop Violencia, repartió estos días miles de cenas de pollo y arroz “para que nadie se quede sin Navidad”.
El director de Institutos Penales, Francisco Quiñónez, dependiente del Ministerio de Justicia que recientemente anunció una necesaria reforma penitenciaria, dijo hoy que unos 55 guardias custodian a los aproximadamente 3.850 internos.
“Somos unos 40 para dos turnos y tengo que mandar a algunos a hacer de custodios al hospital”, dijo sin embargo uno de los jefes de guardia del centro, mientras controlaba el reparto de comida a los “pasilleros” entre expresiones de fervor religioso.
Un enorme pabellón de dos alturas y techo de chapa que alguna vez fue diáfano, antes de llenarse de pequeños bares con estructuras de madera y ladrillo visto, alberga una pequeña cancha de voley y a un grupo de religiosos en pleno rezo.
Eder, de 26 años, atrapado por portar un kilo de cocaína, se seca el sudor tras jugar un rato a una combinación de fútbol y voley y apura un tereré (agua fría con mate) que le pasa un compañero.
“Aquí todos los días son iguales. Excepto cuando llueve y se inunda el pabellón”, dice, y pide que le retraten con sus amigos.
Julian Arecos, preso desde hace dos años y medio, fue de los pocos que compartió el día con su familia.
Agradecido porque pudieran entrar a verle por Navidad, pero “dolido” al ver marcharse a sus hijos, asegura que, como los años anteriores, “sentimentalmente” está con ellos.
Cae la noche, el gran cerdo sin cabeza ya está estirado en las brasas hace rato, los cocineros y sus amigos se relamen y se frotan las manos. Para algunos sí hay un festín por Navidad.
El resto de reos miran la pieza, intuyen el placer, pero saben que no lo probarán.
(Texto y fotos por Santi Carneri distribuidos por la Agencia Efe
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